Orientación Laboral en el Contenedor de basura

El título del artículo puede llevar a equívocos. Si lo escribiera en un momento de bajonazo total y duda de la utilidad de mi trabajo utilizaría la basura como figura literaria, un adorno para indicar en la desesperación que mi trabajo no sirve para nada. Pero no es el caso.

En este post, el título describe el espacio físico en el que se ha desarrollado una sesión de orientación sociolaboral. Una tutoría individualizada en toda regla, improvisada en el espacio y en tiempo (a la salida del trabajo, tiempo extra robado a mi vida no laboral), pero metodológicamente ordenada y cuyos contenidos fueron: motivación hacia el empleo, autoconfianza y seguridad en sí mismo, legislación laboral y de servicios sociales y derivación a centros especiales de empleo.

“…con una cojera evidente, con un carrito destartalado de bebé pegado a su pierna…”

Más adelante amplío más acerca de los contenidos y el desarrollo de la sesión de orientación laboral pero ahora quiero dirigir o redirigir la mira telescópica de nuestra atención a la figura de un hombre de 55 años, con una cojera evidente, con un carrito destartalado de bebé pegado a su pierna para tener contacto con sus pertenencias, del mismo modo que a las señoras del centro las gusta no perder de vista las bolsas de los trapitos de las boutiques cuando toman el aperitivo en el gastro bar..También lleva un chaleco reflectante y con una mano sujeta la tapa del contenedor y con la otra escarba con un gancho metálico entre la basura para intentar encontrar algo vendible, reutilizable, de cierto valor, algo de comida en buen estado o recientemente caducado. En fin, como decimos los modernos, reciclar… conciencias claro. Y lo otro que lleva, y es lo que más me preocupa e indigna, es una carga de culpa, una vergüenza que le llevó a hacerse el despistado cuando me crucé con él.

¿Qué se pasa por nuestras cabezas cuando salimos de casa y vemos a una persona buscar con un palo en el contenedor de basura que está delante del portal? Pensarlo durante unos segundos. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Uffff, qué dureza decirnos las verdades a nosotros mismos, eh? Normalmente, en el mejor de los casos la gente siente compasión, otras personas se muestran recelosas, a otras les da miedo la situación, y la infamia total aparece con las que piensan algo así como: Qué asco, qué olor, hacen esto porque quieren y espero que se quede todo como estaba y no me dejen la acera llena de mierda, que desde que le ha dado a “esta gente” por hacer esta guarrada está todo mucho más sucio.

“…de todas las reacciones posibles, sin género de duda la más habitual es la Indiferencia”

Pero de todas las reacciones posibles, sin género de duda la más habitual es la Indiferencia, y no es un comportamiento tan inofensivo como podemos pensar cuando nos engañamos a nosotros mismos. Es horrible, sin género de dudas lo es, menos horrible que otras actitudes pero…lo es. Para olvidarnos de un problema muchas veces le hacemos invisible, para no ver a una persona que está pidiendo en la calle mucha hacemos como que no está, como que es un holograma al que tenemos la opción de obviar. Cuando te encuentras a una persona conocida buscando en un contenedor de basura puedes también pretender que no le has visto, te engañas a ti mismo y curiosamente lo haces con su colaboración, porque hará todo lo posible por hacerse el despistado.

“En una especie de síndrome de Estocolmo de la Exclusión Social”

Se siente mal al enfrentar tu mirada, te invita a que pases de largo y no la compadezcas. Siente vergüenza. La misma que no sienten los culpables de gran parte de estas situaciones la sienten los afectados, los excluidos. En una especie de síndrome de Estocolmo de la exclusión social se sienten responsables últimos de su situación y les avergüenza. Personalmente he sufrido mi incapacidad en esas situaciones en el pasado pero ahora trato de actuar exactamente igual que si me encuentro a un participante del programa de empleo en el supermercado de cajera.

Me paro, le miro y le digo “Hola” con absoluta ausencia de pena en la voz que lo que necesitan es hablar conmigo no que me compadezca de ellos. Cuando ese hombre con una minusvalía y 55 años, trabajador sufrido, debajo de la lluvia sube la mirada, se cruza con la mía, me chequea lo que siento y me dice “Hola Alberto, mira lo que me toca hacer, qué vergüenza”… Entonces tiro de profesionalidad, no soy un cualquiera para dejar salir la lágrima de pena e indignación o para que me vea apretar los puños con esa mala hostia que genera ver derrumbarse a un hombre por el hecho de ser pobre, soy un profesional de la acción social, su orientador laboral,  y en ese momento, fuera de horarios, fuera de oficinas, es donde se desarrolla a veces la parte más importante de nuestro trabajo.

“En ese momento…es donde el número se convierte en persona”

En ese momento te ganas los datos que luego justifican la subvención que tu entidad recibe para seguir trabajando, debajo de esa lluvia y viendo relajarse su cara y empezar a preguntarme cosas relacionadas con revisiones médicas, entrega de curriculums, dudas legales, ahí es donde el número se convierte en persona. Apoyado en ese contenedor y diciéndole tranquilamente que estás orgulloso de que se gane el pan de sus hijos y que vaya a verte a la oficina porque tú tienes que ir a ver a los tuyos y no tienes más rato es cuando sabes que él, su familia, sus vecinos van a confiar en nosotros y nosotras para que yo pueda reflejar en números, en datos nuestro trabajo.

El sentimiento como motor de cambio

Soy un trabajador escrupuloso con mis deberes y mis derechos, intento y consigo no trabajar más de lo que debo, pero nuestra fábrica no hace tornillos, acompaña personas, y en ocasiones la parte más importante de nuestro trabajo radica en regalar una conversación. Me encantan los procesos de optimización de resultados pero cada vez me parece más obsceno que los responsables de las políticas sociales y de las entidades no pongan en valor ni cuantifiquen el sentimiento como motor de cambio. Reivindico intensamente que no despersonalicemos nuestras intervenciones al mismo ritmo que la sociedad desprecia el valor de una sonrisa y un apretón de manos sincero.

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4 pensamientos en “Orientación Laboral en el Contenedor de basura”

  1. Muy bien Alberto, profesional, y humano. Porque somos personas con sentimientos. Como profesora no me canso de repetir que el cariño, es la base de todos los logros. Muestras una gran calidad humana mirando de frente la vida.

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  2. Articulazo. Me ha tocado el alma, Alberto y vibro al unísono con la pasión que lo inspira. Cuando uno lee reflexiones como ésta, se renueva la esperanza en el género humano. ¡Qué poderosas pueden ser una mirada, una palabra, dadas con cariño respetuoso! Me emociona leer el testimonio de alguien que vive su trabajo como misión personal y no como “horario” pagado. Eso sí es ser profesional.

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  3. Me encanta como expresas tus sentimientos, enhorabuena porque nunca es facil. La sistesis final, simplemente me parece genial. Por favor, no tardes tanto en volver a escribir algo. Abrazos.

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